La guía para controlar la enfermedad que hizo una paciente de coronavirus y la terrible carta donde cuenta su evolución


Sería muy aburrido que empiece esta historia contando mi biografía, si estas acá es porque sabes quien soy: ¨la piba que tiene coronavirus¨, ¨la 130¨, ¨la argentina con coronavirus¨ o como ustedes me quieran llamar. Las etiquetas no dicen nada de mi, soy Marisol San Roman, @merysunsr, así me encuentran en las redes, me pueden llamar Mery como los amigos, o Sol, si sos mi familia.

Por infobae.com

¿Quién soy? En este momento una chica dando una batalla con un enemigo invisible, que se lleva a la tumba a 1 de 20, o peor en Italia, a 1 de 10.

Pero mi batalla no serviría de nada si no la ven. Más que una guerrera, siento que le di humanidad al enemigo invisible. Poner el pecho frente a la bala que venía me hizo decir sin miedo ¨yo tengo COVID 19 positivo y podría haberlo evitado, pero fui inconsciente”. Pero esa no es la historia que les vengo a contar.

¿Un logro? Creo que generé conciencia. Los primeros días no paraban de insultarme, de mandarme mensajes en Instagram deseándome la muerte, así empezó la historia cuando se difundió mi video de la internación en el Sanatorio Agote.

Pero cambió, cambiamos todos, la tele fue mi primer juzgado, salí inocente del juicio mediático, y vieron que era una víctima más de una enfermedad letal, nunca antes vista. Deje de ser perseguida para pasar a ser comprendida por la sociedad.

Tuve que mostrar mi propia guerra, cómo mi cuerpo quedó destruido en el camino. Las batallas fueron intensas, todavía seguía sufriendo los bombardeos de la enfermedad, y con los días los mensajes de odio fueron un poco menos.

Infografía: Marcelo Regalado

 

En mi cuerpo, el campo de batalla, había días de guerras intensas, noches con barbijos llenos de sangre y otros donde podía dormir sin ese gusto metálico en la boca, soñando despertar al día siguiente, cuando podría abrir los ojos.

El contagio

Esta sería realmente una crónica si les cuento cómo se sentía el ruido de las copas de la última noche en Madrid. Brindamos por la juventud. Entre risas y besos, todo era fantasía e ilusión, parecía que unas vacaciones se nos asomaban. Solo deseábamos volver a vernos. Pero no sabíamos que lo que estábamos tomando no era vino, sino un veneno nuevo nacido en China.

Pero sin pensar en las copas, el baño llamó, y las mujeres fuimos juntas, hablando de los rumores de los hombres de su mesa. Entre las conversaciones de tocador, ir sin cartera se convirtió en la puerta de mi camino hacia esta pesadilla.

Un lápiz labial fue el cianuro de mi historia. Sin saberlo, el bálsamo estaban completamente contaminado con una nueva enfermedad a la que nos creíamos inmunes. Coronavirus, con caricias el labial rozo mi boca, y el virus no se resistió, entró a mi cuerpo con la intención de destruirlo en mil pedazos.

Nos fuimos del restaurante, éramos cuatro, hoy tres somos positivos por Covid-19.

Una distracción puede resumir tu vida en dolor, en llanto y en gritos de ayuda. En locura y soledad. La inconsciencia nos destruyó. No sólo los estudios que tuvimos que abandonar de forma temporal, es decir dejar la maestría en Madrid, sino también destruyó la seguridad en nosotros mismos, nuestra salud que tanto sobrevaloramos por la juventud, esa juventud que tantas buenas noches nos había dado, esta vez se convirtió en la última.

Fue una noche sin suerte, sin fin, donde una pesadilla silenciosa se desató, como un fantasma: estaba el fantasma dentro de nosotros y ya no había forma de sacarlo.

Buenos Aires nunca estuvo cerca

Llegué a Buenos Aires un jueves por la mañana. Ansiosa, mi perra Eva me esperaba. Yo no lo sabía, pero el enemigo iba circulando por mi cuerpo. El día pasó como si nada. Mis amigos me querían visitar. Les dije que no, había que respetar la cuarentena obligatoria. Pero al despertar del viernes, mi garganta estaba destruida, ese dolor se hizo cada vez más intenso. Necesité un té, me dolía muchísimo la garganta. Seguí durmiendo y el calor se hizo intenso. Eva, mi perra estaba durmiendo conmigo en la cama, pero yo sentía fuego dentro de mi, y un calor intenso sobre mi frente. No era Eva, era yo. Era el fuego que el enemigo acababa de encender. Me desperté ese viernes 13, con unos 40 grados, que bajaron a 38 con un paracetamol. Llamé al número de emergencia y llego un angel que me salvó la vida, un héroe, un médico llamado Gustavo Villar, apenas entró a mi cuarto, con su barbijo blanco dijo: ¨esta chica tiene coronavirus¨. Apenas me vió activó el protocolo. Al mismo, tiempo un mail de la universidad llegó diciendo que alguien de mi clase tenía coronavirus. Enseguida entendí que se trataba de quien se sentaba detrás de mí en la fila, esa tos seca que me acompañó durante una semana era algo más que una alergia. Inmediatamente me convertí en sospechosa de coronavirus.

Me vinieron a buscar, pero en ambulancia. Un enfermero y un doctor: ¨Piba ponete este barbijo, guatas y el enterito azul que te llevamos¨. No se diga más. Veinte minutos después me encontraba en la calle Pueyrredón, en la Suizo Argentina. La médica que me atendió, Federica, me dijo ¨sos la unica que me dice que estuvo en contacto con un positivo de coronavirus¨, aunque en mi universidad ya había 3 casos antes de ese y no quisieron cerrar.

Cinco palitos en frascos sobre una mesa de metal, ese era el primer análisis. Me recostaron y lo demás es historia, una placa, con un poco de inflamación, y un análisis de sangre. Cuando pensé que todo había terminado, Fernanda, la doctora, me dijo: ¨Dormís acá al menos el finde, te tengo que internar por protocolo, en unos días volvés¨.

Se suponía que 72 horas, las que después se convirtieron en una semana, era el tiempo esperado para el resultado del Malbrán.

El dolor de garganta empeoró, la fiebre bajó despacio, se quedó en 37 el resto de los días, pero nació la tos. Yo negaba al enemigo interno: ¨el aire acondicionado me está dando tos¨, me quejé.

Los ansiolíticos se convirtieron en parte de la rutina, y según lo que me decían, la tos empeoraba cuando dormía.

Pero de ese lugar prefiero no recordar nada, todavía se me pone la piel de gallina cuando vuelve el único ruido de aquel espacio: la tos de los pacientes, acompañada de llanto. Las cuatro paredes parecían comerme, las ventanas cerradas con llave me hacían sentir en prisión. El único momento en el que me tranquilizaba era cuando cerraba los ojos y me quedaba escuchando Las Pastillas del Abuelo y Babasónicos. pero aún eso no aliviaba la pesadilla de estar ahí. Compartir el baño con 5 personas, tener que vestirte de astronauta. o ir a una ducha de un vestuario, eran cosas a las que uno se podía acostumbrar.

Escuchaba a todos toser, “¿es coronavirus?”. pregunté. pero nadie me quería responder la pregunta. El color blanco solo me recordaba que había perdido mi libertad. me sentí presa por mi propia irresponsabilidad.

¨Mañana seguro salis¨, eso me dijieron todas las noches.

Al séptimo día me asusté, porque mis estudios no llegaban. Y encontré un ángel disfrazado de enfermera. Norma fue la primera persona que me miró a los ojos después de una semana. Que lindo sentir que alguien te mira con pasión, con amor por su trabajo. Sentí por primera vez un apoyo. Me dijo que me tenía que preparar para lo peor, que ya había atendido a otros dos con coronavirus, y que no tenía miedo. Ese ángel me tranquilizó.

Pero la noche se llevó la luz del día,y un llamado inesperado cambió para siempre mi vida. ¨Tenes coronavirus, te vamos a trasladar al Agote en unos minutos¨. Me quede dura, pensé que era una broma.

Me senté en la cama del hospital y lo llamé a Ramiro Torres, el mexicano con quien estuve saliendo en Madrid. Le di la noticia, y me tranquilizo, me prometió que iba a estar conmigo en todo esto. Después lo llamé a Tomás Redrado, mi ex, y su respuesta fue similar. Cuando junté valor llamé a mi familia.

El Agote

Me sentí en un hotel, salvo por la cama de hospital. A mi derecha había un cartel que me recordaba el alto nivel de exigencia que tuve en la vida: ¨si el servicio no es perfecto, hágalo saber¨. Pero en mi última noche nacieron los ataques de tos, no se como se llamará perder la respiración, pero en mis palabras, mi garganta se cerró, mi pecho empezó a doler, me caí al piso de la tos, sin poder frenar, y mi mano tocó el botón de emergencias. Las enfermeras abrieron mi boca y me metieron una jeringa llena de codeína y otros preparados por la garganta. Ahí conocí al compañero de todo mi tratamiento: codeína, un derivado de la heroína, que con el paracetamol y los ansiolíticos, se volvieron parte de mi nueva vida.

¿Cómo es un ataque? Llorar por primera vez, mientras apretás muy fuerte el pulmón derecho. Las lágrimas no era nada en comparación al miedo ¿Esto es gripe? esto no tiene absolutamente nada que ver a cualquier cosa que haya vivido en toda mi vida.

Pero esos ataques no terminaron.

Volver a casa por horas

Esta vez los gritos del dolor hicieron que mi papa tuviera que llamar a emergencia, dormir en el hospital nuevamente. ¿Qué pasó? Mientras el doctor de emergencias me revisaba, la tos se apoderó de mí como un demonio, me di la cara contra el piso, mis ojos taparon de lágrimas todo el barbijo, mientras que el segundo barbijo que llevaba debajo de ese terminó completamente cubierto de sangre.

¿Pero qué ese dolor? Ese gusto metálico en la boca, no saber si mañana vas a despertar. Para qué contar todo esto podría ser una pregunta, pero la respuesta es más bien por qué no puedo viajar en el tiempo para frenar todo lo que ocurrió esa noche del 10 de marzo.

¿De qué me sirve tener 25 años si no se si este enemigo que avanza en silencio adentro mio me puede clavar la última puñalada?

Cómo les explico que aunque hoy me toque luchar, yo puedo ser esa persona que ni siquiera pueda tener un funeral, si pierdo la guerra que se está librando dentro de mi.

Miren mis ojos, cansados de tanto luchar, solo les puedo pedir -sin saber si voy a ganar esto- que se queden en sus casas, respetando la cuarentena obligatoria. Sinceramente no se como pueden verme así y continuar queriéndole hacer trampa al sistema para poder salir un rato a la calle.

Desde la ventana de la ambulancia, al llegar al conurbano, se me partió el corazón, para no decir el pulmón -porque es ese había partido mucho antes- al ver a los vecinos de a tres o cuatro saliendo a hacer las compras con las bolsitas en la mano, a otras dos vecinas que salen a pasear a los perros. Mis ojos solo querían cerrarse. Y ese virus seguir metiéndose en la irresponsabilidad de mis vecinos, para destruirlos a ellos, a sus familias y a toda la sociedad.

Pero, sinceramente, yo se que mañana me puedo morir, que puedo no pasar otro de esos ataques de tos con sangre, se que esa copa de vino y ese lápiz labial que fueron peor que el cianuro podrían destruir mi vida, quitándosela de las manos.

Pero ustedes, que hoy pueden decidir, ¿podrían cargar el resto de su vida con la conciencia de haber enfermado a sus padres, de haber matado a sus abuelos?

El momento es hoy, no mañana. A la grieta política la mató el enemigo invisible. Nos unió a todos, para que cada uno en el lugar que le toque, luchar juntos. Hoy podemos frenar la curva si lo hacemos todos juntos.

Yo no les puedo asegurar que mañana pueda ver eso, pero les voy a jurar que voy a luchar todos los días de mi vida para vencer a esta enfermedad, para que mi caso pueda generar conciencia y de ahora en más piensen dos veces cuando quieran ir al supermercado, o cuando piensen en que tienen que pasear al perro. El momento es hoy, es ahora, y vamos a lograrlo todos juntos. Por eso hoy más que nunca les pido que se queden en sus casas.

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Fuente original La Patilla

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